Los placeres y los días

Es un grito y nadie puede oirlo, solo tú…

André Gide y su necesidad de estar solo

Posted by rayuelo en 28 mayo 2009

Un año después de morir, en 1951, a André Gide, El Vaticano, le metió todos sus libros (todos) en la lista de los “prohibidos”. Si hay algo que reprochar a las decisiones de la iglesia no es su coherencia, sino su poco tacto que, por otra parte, no es su obligación. Gide perteneció al Partido Comunista y hasta escribió un alegato a favor de la homosexualidad: dos cosas que creía necesarias. También la Iglesia Católica creyó necesario meterle en su lista negra de la que, por cierto, ya ha salido hace años. Así que nos quedamos en que las cosas surgen por necesidad; obviamente no es verdad: Gide terminó aborreciendo a Stalin (como casi todos) y El Vaticano ha tenido que dar marcha atrás en cuanto a prohibiciones se refiere, como todos damos marcha atrás cuando la ocasión es propicia.

Son tristes las historias de los solitarios que acaban zarandeados por unos y por otros; a la iglesia le pasa: nadie la defiende salvo los católicos, como por otra parte debió de ser siempre. La prohibición no tiene sentido hablando desde el moralismo: leer a Marx supongo que será necesario para poder decir que estaba equivocado, leer a Gide es puro placer, leer a Lorca por ejemplo, durante el franquismo, debía ser una mezcla de morbo y de inocencia. Leer a San Juan de la Cruz, en cierta manera, también.

Si es así que no nos enseñen a leer. Nadie escribirá y todo será más fácil. Las palabras serán más espontáneas, esto es, más verdaderas, más profundas y más accesibles.

Por las mañanas, yo saboreaba en mis caminatas la presencia de una nueva existencia, el nacimiento de mi percepción. “¡Oh! poeta, exclamaba, tú tienes la facultad del descubrimiento perpetuo”. Estaba totalmente receptivo. Mi alma era un albergue acogedor en el cruce de los caminos y recibía todo lo que se dejara captar. Me dejé buenamente convertir en un ser dócil, capaz de escuchar, al punto de no pensar en lo absoluto en mí mismo, de comprender todas las emociones que se presentaban delante de mí. Logré aplacar todo impulso de reacción hasta ya no considerar nada como algo malo y no tener que protestar por una nimiedad. Me di pronto cuenta además, que en mi apreciación de lo bello había también espacio para la fealdad.

P.D. supongo que por cosas así, por estos “Alimentos terrestres” (1897) de Gide, por la parte en negrita, surgió la prohibición…

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5 comentarios to “André Gide y su necesidad de estar solo”

  1. JUan said

    Me surgen muchas dudas con esta entrada. ¿Existe una lista de libros prohibidos por la Iglesia? si es así me gustaría conocerla. De haber sido eliminada me gustaría saber hasta qué año se mantuvo vigente y qué tipo de aplicación real se reflejaba en el siglo XX. Si es una metáfora cómo puede entrar o salir de una lista que no existe? es que la Iglesia ha cambiado de parecer con respecto a la obra de Gide? ha abierto la mano? o es que ya no los encuentra perjudiciales en su lectura? Reconoce que erró al prohibirlos? Necesita la Iglesia que le defiendan desde instituciones o individuos ajenos a ella?

    Hay que leer de todo pero no es lo mismo leer una cosa que otra. El poder de la letra impresa es enorme y su autoridad difícilmente comparable a otros canales. Estaréis conmigo en que el padre que ilustre a su hijo sobre los libros que merecen la pena elegirá unos desechando otros y nadie definiría como condena al ostracismo a los autores no escogidos; al contrario deberíamos hablar de amor paterno.

    No metemos de nuevo en el ámbito de la libertad. Maldita “libertad”, cuánto sufrimientos acarrea su ejercicio y con qué fuerza buscamos alcanzarla.

  2. rayuelo said

    Lamento no poder dar más que la referencia de wikipedia Juan; aunque considero esta entrada muy ilustrativa y creo que responde a casi todas tus preguntas, échala un ojo:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Index_Librorum_Prohibitorum

    Ya he hablado de la coherencia de la Iglesia Católica a la que el mundo parece emperrado en hacerle cambiar sus principios básicos. Contra eso no iba, ni siquiera contra el prohibimiento en sí: TODOS LOS GOBIERNOS DEL MUNDO PROHIBEN COSAS, teóricamente, POR NUESTRO BIEN. La diferencia es que los gobiernos cambian de ideas constantemente, se amoldan a una realidad. La iglesia cambia, si, pero mucho más lentamente y en contadísimas ocasiones quiada por las modas. ES UNA INSTITUCIÓN MUY PRÁCTICA.

    A lo que atacaba es que simplemente por enseñarnos a leer, la iglesia (que a tantos a enseñado a leer), nos permite abrir unos horizontes muy extensos que luego intenta acotar como buena madre (o padre, en tu MUY BUEN ejemplo). Esa es la duda que me entra: cuando ofreces algo ya a un individuo es difícil que lo suelte o que lo controle, pues no le pertenece; en este caso leerá todo lo que tenga delante. Cuanto más se pongan diques a la lectura de algo por pensar que es nocivo por “algo” más interés en ello habrá. Igual no es interés en leerlo, sino simplemente en saber lo que dice, el secreto que desentraña. La cosa es que al final, en muchos casos, no hay ningún secreto sino una parrafada indecorosa. Y es que quizá, con estas prohibiciones, se de lugar al morbo del que hablaba. Hay literatura horripilante que al ser prohibida pasó a la historia cuando no tuvo que pasar.

  3. Juan said

    Algo que no hay que perder de vista es que la Iglesia tiene plena autoridad para realizar una lista de libros que pueden ser perjudiciales para el cristiano, libros que defiendan valores contrarios a la doctrina evangélica. Esto es algo que no se sale fuera de los límites del Ministerio de la Iglesia.

    Que despierte curiosidad en algunos no es más que una posibilidad que no resta valor a ese afán de la Iglesia por cuidar la fe del conjunto de los cristianos que creen que la Iglesia tiene capacidad de discernir lo que es beneficioso para el crecimiento en la fe y lo que perjudica seriamente por ser falso o erróneo.

  4. María said

    La verdad es que llego tarde al debate, pero es iteresantísimo lo que hablais. Acabo de trabajar un poco en todo esto de la literatura censurad y castigada. En mi aso ha sido el Lazarillo, que se publicó en 1554 y en 1559 ya se encontraba en el Índice de libros prohibidos de la Inquisición. Después volvió a aparecer a final de siglo como libro castigado: había corregido todo aquello que no correspondía a la “moral cristiana”.

    Y pongo entre comillas esto porque la moral cristiana en esa época dejaba mucho que desear, y si el Lazarillo hacía algo era poner en evidencia esos hábitos tenebrososde clérigos avaricioss, lujuriosos, egoístas….

    Al tema, el hecho de que prohibieran el Lazarillo no hizo que la gente no lo leyera, too lo contrario, circuló manuscrito por la demanda de muchos curiosos que querían más que nunca conoer lo que ese niño deslenguado contaba, que no era otra csa que la verdd exagerada. En ese momento la Iglesia miró hacia dentro y se llevó a cabo el Concilio de Trento.

    Que la Iglesia tene derecho a aconsejar a sus fieles lo que deben o no leer, por supuesto, yo lo respeto. Pero eliminar o condenar ciertas obras o autores…no. ¡Qué sería de nosotros sin Cernuda! Y todo por ser homosexual (y que se lo digan a Cela, censor de los duros). Lo que quiero decir es que también hay que vivir en el mundo, bajar a la tierra y mancharse las manos, concoer lo que hay, la corriente que sigue el mundo, mojarse, empaparse de la mentalidad ajena para poder comprenderla y afrontarla. No digo que no haya que estar alert, en seguida uno se contagia de lamentalidad de la sociedad. Pero eo no quita que no haya que probar (con mucha medida) un poco de todo para poder después posicionarse donde uno cree

    No sé si me he explicado, pero pesada me he puesto…

  5. rayuelo said

    Al hablar de libros prohibidos la iglesia de lo que hablaba era de que no te los iban a recomendar para tu conversión o para que fueses un buen cristiano. EN EL S. XX SE HACE IMPOSIBLE CONTROLAR QUE ALGUIEN LEA LO QUE PASE POR SUS MANOS, sea prohibido o no, sea nocivo o no. Otra cosa es el ejemplo de “El lazarillo de Tormes”: es otra época, donde la iglesia controlaba en muchos casos a la intelectualidad de la época y por lo tanto, si no te atenías a lo que la iglesia decía (estuviese mal o bien) eras marginado cuanto menos.

    El caso de Gide es completamnete diferente: la academia sueca le concedió el Premio Nobel por lo tanto, de marginado o censurado nada.

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