Los placeres y los días

Es un grito y nadie puede oirlo, solo tú…

Morir… ¡o no!

Posted by María en 22 mayo 2009

Yo siempre deseé morir así: como un árbol dormido, como un tilo hechizado, en la paz de la noche, por la luz de la luna. Pero tampoco en esto tengo la fortuna de mi parte. No sólo estoy muriéndome completamente solo, totalmente indefenso, sino que soy consciente en cada instante de cómo el hielo va avanzando por mi sangre. No sólo estoy despierto- despierto y desvelado -ante las puertas de la muerte, sino que, desde hace muchas noches el sueño y sus misterios me han abandonado. Y, por si ello fuera poco, en lugar de dormirme, en lugar de ayudarme a enfrentarme a la muerte, la luna se deshace y también me abandona.
JULIO LLAMAZARES, La lluvia amarilla (capítulo 17)

Si nos dejasen elegir cómo morir…¿Qué elegir? ¿Plena consciencia o sueño? ¿Rapidez o lentitud? Somos seres tan apegados a esta vida que ni siquiera se nos pasa por la mente que quizá la muerte no sea algo tan malo, ¿por qué ha de ser el punto final? ¿Somos acaso seres hechos para morir? ¿Es la muerte la última palabra? Pues no lo sé, quizá lo sea, o es posible que no. La vida del hombre cambia radicalmente dependiendo de la concepción de la muerte que tiene.

Yo no me atrevo a afirmar que sea de cobardes pedir una muerte rápida, “dormida”, como pide el protagonista del texto, sujeto a vivir la agonía de ver como se acaba su vida segundo a segundo, consumiéndose en la más pura soledad de un pueblo que ya todos abandonaron. Tampoco me veo con el poder de afirmar que la actitud contraria sea de valientes. No sé hasta qué punto el hombre está preparado para soportar su exterminio, su final. Pero si el hombre no puede soportar ver como desaperece, ¿no puede ser que sea por que está hecho para la eternidad?

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11 comentarios to “Morir… ¡o no!”

  1. Apache said

    La entrada, María, te ha quedado de muerte…

    …pero lamentablemente la he descubierto un poco tarde. No obstante, si la Parca no lo impide, me comprometo a dejar mi opinión al respecto lo antes que pueda la próxima semana (no tengo internet en casa), pues el tema me interesa mucho.

    Mientras, a modo de anticipo y como particular homenaje al recientemente fallecido Mario Benedetti, os dejo este poema suyo:

    PASATIEMPO

    Cuando éramos niños
    los viejos tenían como treinta
    un charco era un océano
    la muerte lisa y llana
    no existía

    luego cuando muchachos
    los viejos eran gente de cuarenta
    un estanque era océano
    la muerte solamente
    una palabra

    ya cuando nos casamos
    los ancianos estaban en cincuenta
    un lago era un océano
    la muerte era la muerte
    de los otros

    ahora veteranos
    ya le dimos alcance a la verdad
    el océano es por fin el océano
    pero la muerte empieza a ser
    la nuestra.

    Hasta pronto. Sed felices.

  2. María said

    Buenísimo poema Apache, y no es exactamente el tem que propongo pero viene al pelo. Porque esa es otra problemática, hasta qué punto somos conscientes de que verdaderamente la muerte existe. Si es algo tan ordinario como el comer, ¿por qué nos cuesta tanto aceptarla? ¿Por qué cuando llega nos sorprende?

  3. Don Alfredo said

    Yo creo que es simple. La muerte aterra porque es el fin de la existencia. El paso del ser al no ser. En la medida que crees que esto no es así, la muerte va dando menos miedo. Tal cual

  4. María said

    Bueno Alfredo tan tan simple no es cuando resulta que se puede decir que es el drama de la humanidad. A todo el mundo, TODO, le aterra la muerte. El dilea es por qué. ¿Porque es el final? ¿Por qué nos cuesta tanto pensar que a no tiene por que serlo?
    ¿Por qué la angustia que provoca simplemente la palabra muerte?
    Yo más que miedo hablaría de pavor la muerte es algo de lo que no sabemos nada, porque nadie ha venido a contárnoslo. Algo más complejo es ¿o no?

  5. Juan said

    La muerte no es ordinaria, es excepcional, definitiva, única, personal… Puedes verla a tu alrededor pero ello no implica un aprendizaje para enfrentarte a TU muerte. La muerte aterra, todos tenemos una muerte reservada que nos está esperando y no sabemos dónde, eso aterra.
    Todo sería distinto si nos dijeran cual será el día de nuestra muerte. Es interesante preguntarse si nos beneficiaría o perjudicaría en nuestro día a día…difícil respuesta.Sería una especie de condena a muerte pero en libertad…no se, no se; lo voy a pensar y si llego a algún lado luego lo escribo.

  6. María said

    Pues eso Juan a pensar. Pero no os desviéis mucho del tema. Me planteo por qué nos cuesta tanto abandonar esta vida, porque somos seres tan apegados a este mundo. ¿Quién nos ha dicho que la muerte es el final y que esta vida vale mucho más que la próxima? ¿O es que no hay próxima? La cuestión es si el hombre es un ser para la muerte entiendo que sintamos pavor a morir a desaparecer y a que desaparezcan los demás. En cambio, si esto no es así no deberíamos tener ese sentimiento de miedo, al márgen de que sepamos cuando moriremos, algo, por cierto, que para mí le quitaría ese puntillo a la vida tan especial que tiene, ese sentir el riesgo.

    ¿La muerte puede ser libertad?

  7. rayuelo said

    Respondiendo a tu pregunta María de que por qué nos sentimos tan apegados a este mundo decir que es PORQUE PENSAMOS QUE ES O ÚNICO Y LO MÁS VALIOSO QUE TENEMOS (pensamos que la vida es eso). No encontramos otra cosa que defender y que con ello veamos frutos palpables: NO TENEMOS UNA META RADICAL, que creo fundamental para dirigirse al patíbulo silbando…

    Propongo un texto precioso de Claudio Magris y su obra “El danubio”; trata de los hermanos Hans y Sophie Scholl, dos jóvenes cristianos de Ulm, resistentes del nazismo de su época (1943):

    “…combatían con las manos desnudas contra a impresionante presencia del Tercer Reich, afrontaban el impresionante aparato militar y político nazi provistos únicamente de su ciclostil, con el que difundían sus proclamas contra Hitler. Eran jóvenes, NO QUERÍAN MORIR y les disgustaba alejarse del encanto de los días hermosos, como dijo Sophie tranquila el día de su ejecución, pero sabían QUE LA VIDA NO ES EL VALOR SUPREMO y que resulta agradable y placentera cuando se pone al servicio de algo que es más que ella y que la ilumina y calienta como un sol. Por eso marcharon serenos AL ENCUENTRO DE LA MUERTE sin miedo, sabiendo perfectamente que, en las palabras de San Juan, el príncipe de este mundo es juzgado…”

    Por lo tanto: SI NO HAY VIDA HUMANA NO HAY VALORES QUE VALGAN y hay vida humana siempre y cuando se reconozcan valores superiores a esa vida.

    Por lo demás estoy de acuerdo con Juan en que aterra sobre todo a personas, como yo, que somos unos privilegiados (en vida…).

  8. María said

    Un texto buenísimo. Es justo ahí donde pretendía llegar. Yo pienso que es imposible vencer a la muerte en el sentido de encontrarse con ella en verdadera paz i uno no cree que es el final de la existencia. A todos nos da miedo desaparecer, por eso emitimos constantemente señales a los demás haciéndles ver que estamos vivos, que existimos. Por es no soportamos que nos igoren, porque eso nos elimina.
    El hecho de ensar que vives para un día desaparecer es algo que a lalarga y, comodice Benedetti, sobre todo en cierto mometo, se vuelve insufrible. Y estar postrado e una cama enfermo, sabiendo quesi no mañana psado te mueres, puede llevar a la más pura locura, al mayor deconsuelo. Pero, ¿cómo creer esto? ¿Se puede mirar a los ojos a la muerte y decir: te he vencido? Ojalá yo me muera segura de que “el príncipe de este mundo es juzgado…”

  9. Apache said

    Saludos. La “dama de negro” ha tenido a bien concederme la luz de un nuevo día, y lo comprometido es deuda.
    Planteas muchas preguntas, María, como no podía ser de otra manera, tratándose de semejante tema. Como la edad y el conocimiento te van haciendo cada vez más pragmático, me centraré en lo verdaderamente importante (para mí, claro está) y dejo las demás cuestiones a la teología y la literatura, salvo que el Sr. Benedetti, que ya está al otro lado, nos quiera conceder un último poema desvelándonos el secreto de tan misteriosa dama…
    ¿Por qué el miedo a la muerte? Para mí, la muerte es lo que otorga verdadero sentido a mi vida, pues su mensaje es claro: esto algún día se acabará (o no; pero ¿a quién le importa? ¿Dejaré de saborear el desayuno de hoy pensando en qué voy a desayunar mañana?); siendo así, ¿quién se atreve a seguir desperdiciando el generoso don de la vida?
    A poco que observemos, muerte y vida son las dos caras de una misma moneda. El otoño sega la hoja que necesariamente ha de caer para que en el invierno o primavera el árbol se vista nuevamente de verde. La muerte, por tanto, ya no es que sea natural, que lo es, es necesaria dentro del ciclo de la vida.
    Habría que preguntarse quién teme a la muerte. Nuestro ego. La existencia solo es un puente entre las dos orillas (vida y muerte) y el ser humano es la única criatura lo bastante idiota como para construir en un puente. Y lo peor no es ya construir (casas, familia, empresas…), lo cual no es malo, sino el terrible apego que generamos sobre aquello que construimos.
    Pienso que aquél que espera respuestas más allá de la vida (a excepción de algunas vidas absolutamente trágicas), aquél que teme a la muerte, es porque ésta lamentablemente ha dejado vacíos demasiados huecos sin llenar, es porque lamentablemente no ha sabido y no sabe vivir. Qué inútil pérdida de vida. La muerte está ahí, esperándonos, y nosotros esperamos que más allá de la muerte nos acoja el paraiso, la paz eterna, la misericordia del Padre…; corremos lastimosos en busca de consuelo para después de la muerte en lugar de hallar la dicha eterna en esta propia vida.
    Tal vez la consideración de tabú que ha tenido el tema a lo largo del tiempo, ha hecho que no encaremos el tema con la naturalidad que el mismo requiere. Y la ignorancia…; siempre la ignorancia…; tanto creyente suelto que a la hora de la verdad siente verdadero pavor ante la inminencia de la muerte ¿a dónde queda la fe? Demasiadas contradicciones…
    Habría que perder el miedo a la muerte; todos los miedos paralizan y éste es uno de los más importantes. Hay que mirar la muerte cara a cara, ser plenamente consciente de ella (todos sabemos de ella, pero no todos somos plenamente conscientes de ella) meditar sobre ella, acogerla como natural, necesaria, inevitable, y como la gran oportunidad para que de que de una vez por todas, nos instalemos definitivamente en el presente.
    En el eterno presente, ese que la muerte jamás me podrá arrebatar.

  10. Apache said

    Os dejo a todos este texto de un Mestro Zen. Espero que os guste.

    “Un día de otoño estaba en el parque contemplando una hojita bellísima, cuya forma reproducía un corazón. Su color era rojizo y se sujetaba apenas a la rama, a punto de caerse. Estuve mucho rato con ella y le pregunté un montón de cosas. Comprendí que la hoja había sido una de las madres del árbol. Solemos pensar que el árbol es la madre y que las hojas solo son las hijas, pero mirando la hoja advertí que ella también era madre del árbol. La savia de la que se nutren las raíces del árbol no solo está compuesta de agua y minerales, no bastaría para alimentar a un árbol. El árbol distribuye la savia entre las hojas y éstas convierten la savia bruta en savia elaborada y, con la ayuda del gas y del sol se la devuelven al árbol para que se alimente. A su vez las hojas también somos madres del árbol. Mientras las hojas permanecen unidas al árbol por el tallo es fácil ver la comunicación entre ellos. Nosotros no permanecemos unidos a nuestras madres a través de un tallo, pese a que cuando estábamos en su útero nos unía un largo tallo, el cordón umbilical. El oxígeno y el alimento que necesitábamos nos llegaba a través de ese tallo. Un buen día nacemos, el tallo se corta y creemos ingenuamente que ya somos independientes. Pero no es cierto. Seguimos atados a nuestras madres durante mucho tiempo y tenemos también otras madres. La Tierra es nuestra madre. Y existen muchos tallos que nos unen a la Madre Tierra. Hay tallos que nos unen a las nubes. Si no hubiera nubes no tendríamos agua para beber. Estamos constituidos por un setenta por ciento de agua y de ello podemos colegir cuál es el tallo que nos une con las nubes. Ocurre lo mismo con el río, el bosque, el leñador y el granjero. Hay cientos de miles de tallos que nos unen a todas las cosas del cosmos que nos apoyan y que posibilitan nuestra existencia. ¿Puedes ver el vínculo que nos une a ti y a mi? Si no estuvieras aquí yo tampoco estaría. Y eso es cierto. Si aún no lo ves, mírame profundamente y estoy seguro de que lo verás. Le pregunté a la hoja si le asustaba la llegada del otoño y la caída de las hojas. Y me respondió: “No, he estado completamente viva durante toda la primavera y el verano. He trabajado duro para alimentar al árbol y ahora hay mucho de mí en él. No estoy limitada a mi forma actual. También soy el árbol completo y cuando vuelva al suelo seguiré alimentándolo, así que no me preocupo. Cuando me separe de la rama y vaya flotando hasta el suelo me agitaré ante el árbol y le diré: “Pronto volveremos a vernos””. Ese día el viento sopló, y al cabo de muy poco rato vi que la hoja se desprendía de la rama e iba flotando hasta el suelo en una danza alegre, porque mientras flotaba se veía a sí misma en el árbol. Era muy feliz. Incliné mi cabeza ante ella y pensé que tenía mucho que aprender de esa hoja.”

    Un abrazo a todos.

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