Los placeres y los días

Es un grito y nadie puede oirlo, solo tú…

De museos

Posted by rayuelo en 12 mayo 2009

La percepción de la belleza, la matematización en la que hemos convertido la manera de mirar arte (es decir, todas las cosas): esto es esto por esto y por lo otro y esto no se puede refutar; es esto y nada más. Estaremos de acuerdo en que una tradición en el lenguaje del arte (es decir, todas las cosas) es obligatoria de seguir pero estaremos de acuerdo que hay preguntas que no tienen una respuesta sencilla, preguntas que toda nuestra inteligencia no puede contestar.

Ronald y Ettiene son dos de los miembros del “Club de la Serpiente”, creado por Horacio Oliveira como asociación cultural y de crítica. Todos sus miembros masculinos están enamorados de La Maga, que, como ya dije, no era la más inteligente. Se enamoran de sus preguntas y de por qué se emociona ante cosas que ellos, a fuerza de aprenderlas, han olvidado que deben llamar a la devoción: llorando o sonriendo. La idea se refleja muy bien en este trozo del Capítulo 142 de “Rayuela”:

Sé que es así —dijo Etienne—. Eso sí lo sé. Pero me ha llevado la vida juntar las dos manos, la izquierda con su corazón, la derecha con su pincel y su escuadra. Al principio era de los que miraban a Rafael pensando en Perugino, saltando como una langosta sobre Leo Battista Alberti, conectando, soldando, Pico por aquí, Lorenzo Valla por allá, pero fijate, Burckhardt dice, Berenson niega, Argan cree, esos azules son sieneses, esos paños vienen de Masaccio. No me acuerdo cuándo, fue en Roma, en la galería Barberini, estaba analizando un Andrea del Sarto, lo que se dice analizar, y en una de esas le, vi. No me pidas que explique nada. Lo vi (y no todo el cuadro, apenas un detalle del fondo, una figurita en un camino). Se me saltaron las lágrimas, es todo lo que te puedo decir.

—Eso no prueba nada —dijo Ronald—. Se llora por muchas razones

—No hay otra manera de acercarse a todo lo perdido, lo extrañado. Ella estaba más cerca y lo sentía. Su único error era querer una prueba de que esa cercanía valía todas nuestras retóricas. Nadie podía darle esa prueba, primero porque somos incapaces de concebirla, y segundo porque de una manera u otra estamos bien instalados y satisfechos en nuestra ciencia colectiva. Es sabido que el Littré nos hace dormir tranquilos, está ahí al alcance de la mano, con todas las respuestas. Y es cierto, pero solamente porque ya no sabemos hacer las preguntas que lo liquidarían. Cuando la Maga preguntaba por qué los árboles se abrigaban en verano… pero es inútil, viejo, mejor callarse.

—Sí, todo eso no se puede explicar —dijo Ronald.

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