Los placeres y los días

Es un grito y nadie puede oirlo, solo tú…

El doctor que puso de moda el yoga

Posted by rayuelo en 11 mayo 2009

Rosa, oh, contradicción pura,

de no ser sueño de nadie bajo tantos

párpados…

Epitafio de Rainer María Rilke.

La unión. No creo que a Lou Andreas Salomé le gustase demasiado la caza pero, en vida, se dedicó a reclutar a su alrededor a una corte de venados de catorce puntas que, en algún caso, murieron de desesperación ante su inteligencia, ojos claros y antigua nobleza rusa.

La unión. Primero fueron Nietzsche y Paul Ree, a los que Salomé guardó un gran amor intelectual pero a los que aborrecía físicamente. A Nietzsche, misógino reconocido, todo esto le hizo encerrarse y escribir su “Así habló Zaratrusta” (1885). Peor se lo tomó Ree que se suicidó en el mismo punto donde Salomé lo rechazó por feo. El verdadero hombre quiere dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer: el más peligroso de los juegos… Este es Nietzsche, el misógino, hablando como Zaratrusta.

La unión. Interesadísima en el psicoanálisis fue a conocer a Freud a Viena. Era 1911 y tenía ya cincuenta años pero aparentaba muchos menos. El poeta alemán Rainer María Rilke, otro “coleccionista”, ya la tenía en el punto de mira y no paraba de darse viejes de placer en su compañía por toda Europa. Apágame los ojos y te seguiré viendo, cierra mis oídos y te seguiré oyendo, sin pies te seguiré, sin boca te seguiré invocando. Inspiró libros y frases que han pasado a la historia: a Rilke le costó salir de su hechizo y eso que estaba liado con media docena de princesitas de la corte austro-húngara.

La unión. A todo ésto; no he dicho que se había casado. El elegido era un doctor, Carl Friedrich Andreas, del que cogió el apellido y al que dejó que la domesticase en parte con una condición: jamás mantendrían relaciones sexuales. Así fue. Como explicaré brevemente a continuación el Doctor Andreas era un tipo realmente raro.

La unión. Hijo de una malaya, vivió hasta los treinta años en Oriente y después vino a Alemania de donde era su padre. Con él vinieron todas las prácticas de meditación que se ofertan en cualquier gimnasio que quiera parecer guay. Salomé había perdido la virginidad con la treintena cumplida y la verdad, no le había parecido nada del otro mundo. A su marido no le importaron sus escarceos porque sabía que volvería a ella. Así fue. La unión fue para siempre.

La unión. Por las noches el doctor infundía clases especiales a alumnos muy especiales a los que hipnotizaba (de verdad) con prácticas budistas e hinduistas, entre ellas, como no; el Yoga. Así fue, así creían sus discípulos que conseguía mantener a su lado a una mujer indomable como Salomé. El doctor era un hombre bajito y rechoncho pero que con más de ochenta años parecía que tuviera menos de sesenta. ¿Esoterismo?, ¿prácticas de eterna juventud? Qué época tan extraña.

La unión. Yo soy mucho más pragmático y desmitifico bastante al Doctor Andreas: se cuenta que cuando se declaró a Lou Salomé lo hizo hincándose una navaja en el pecho al tiempo que le rogaba que se casara con él. A la chica de ascendencia rusa esa sangre que bajaba por el vientre del respetabilísimo doctor le pareció mágica (así de rara era ella) y accedió. ¿Son esos pequeños y extraños ritos los que nos unen a las demás personas?

Nota: por supuestísimo la palabra “yoga” en sánscrito significa “unión”.

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