Los placeres y los días

Es un grito y nadie puede oirlo, solo tú…

Pont des Arts

Posted by rayuelo en 26 marzo 2009

Propongo un ejercicio sencillo con la “rayuelada” de hoy: recordad o, simplemente, comentad comienzos de libros. Recordar por qué terminé de leer un libro para mí, muchas veces, es recordar el principio del relato. Ese imán. Sé que no tiene por qué ser así pero empezar bostezando con un texto no es buena señal.

En “Rayuela” ocurre una cosa curiosa: el principio es este, el comienzo lógico, el Capítulo 1, las primeras palabras. Pero ya dije que Cortázar concibió el libro con la idea de no poner límites a su literatura, a la lectura: ya puse el Capítulo 73 en una entrada anterior, que es el otro comienzo, pero tras ese capítulo, en ambas versiones, la acción se empieza a desarrollar aquí; en el Pont des Arts, lleno de postalitas con imágenes de artistas… Siempre buscando

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos…

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