Me pregunto si el director del Hotel Masaccio, en Florencia, tendrá idea de qué nombre ha dado a su establecimiento. Conozco de igual manera varios bares llamados Unamuno y solamente observo suciedad en la barra y muchas colillas en el suelo. También creo saber que estos nombres no atraen por llamarse así o asá: no tienen ese encanto los nombres. Aún.
Masaccio vivió 27 años y pasó gran parte de ese tiempo entre muros sin imprimación de iglesias hechas según el estilo de ese momento. Masaccio es esencia viva de la cultura renacentista, es la esencia viva de Florencia; una ciudad que parece joven y que lucha por no pudrirse.
Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella…
Con 53 años moría en San Petersburgo el compositor ruso Tchaikovsky. Su última obra, según cuentan los entendidos, era un claro reflejo de su estado permanente de depresión. El nombre: “Patética” (1893). Walt Disney, con buen criterio, prefirió para la obra maestra de “Fantasía” (1940) una parte del “Cascanueces”. Por algo sería.
¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti,
mujer,
que he de apresurarme para estar contigo una vez más?
¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal
y extraer nada más que dolor?
Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más
convencido
Ahora que alguna otra vez
de que sólo son dos espejos que reflejan la luz del
firmamento,
eso y nada más.
Y aprieto tu cuerpo contra mi cuerpo como si esperara abrirme
una brecha
directamente a otra esfera;
y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mí
palabra,
en las que todas las cosas son claras,
hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal
y la fría nada de mí:
Tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo
con tu mano sobre mi rodilla;
llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo
por hallar nuestro amor tan extraño;
con la vista mutuamente clavada en una última esperanza,
ciega y desesperada,
de que el mundo entero cambie.
Casi se está acabando “Rayuela” cuando en el Capítulo 149 resuenan estos versos de Octavio Paz. Justo antes, en el Capítulo 66, se ha hablado de la stupa de Sanchi, de su decoración obsesiva y embaucadora: la puerta a un templo budista de antigüedad difícilmente datable… Leer el resto de esta entrada »
Nadie sabe que será el futuro y nadie puede saberlo. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que desde que todo el mundo se ocupa del futuro no se puede comer uno una tortilla decente.